En un bar de Maipú y Lima, pienso en el
mañana, en la posibilidad de una historia superior. Un café es la excusa
perfecta para mirar lo desconocido, para invitar al silencio.
Son las ocho de la noche y el aire cálido de noviembre se cuela entre la gente que transita por la calle. La veo pasar como rayos de luz detrás de un vidrio gastado por el tiempo.
Un anciano está sentado en la mesa siguiente. Puedo ver su espalda encorvada y su cabeza calva. No lleva medias, aunque no parece importarle demasiado. La dueña del bar se ha puesto a contar recibos, la música ha cesado y yo, esperando el futuro, lo desconocido, aquel destello que la divinidad me mostró un día.
En un bar de Maipú y Lima, sigo esperando a un amigo, sigo creyendo en un Dios.
Son las ocho de la noche y el aire cálido de noviembre se cuela entre la gente que transita por la calle. La veo pasar como rayos de luz detrás de un vidrio gastado por el tiempo.
Un anciano está sentado en la mesa siguiente. Puedo ver su espalda encorvada y su cabeza calva. No lleva medias, aunque no parece importarle demasiado. La dueña del bar se ha puesto a contar recibos, la música ha cesado y yo, esperando el futuro, lo desconocido, aquel destello que la divinidad me mostró un día.
En un bar de Maipú y Lima, sigo esperando a un amigo, sigo creyendo en un Dios.